Comunicar también es estar disponibles para que el otro pueda comprender, decidir y continuar.
Hoy, poco antes de terminar la jornada de trabajo, una joven que cursa segundo año de un Profesorado necesitaba realizar la inscripción a una capacitación.
Había intentado seguir el procedimiento, pero las múltiples instancias de carga de datos, validaciones y enlaces resultaban confusas y poco prácticas. Mi compañera me comentó la situación. Había dos posibilidades: consultar a quien habitualmente resolvía esas cuestiones, aunque en ese momento no se encontraba, o pedirle a la joven que regresara en otro horario.
Entonces llegó una pregunta sencilla:
—¿La podés ayudar? Accedí.
Frente a la pantalla del celular fuimos recorriendo juntas cada instancia. Un enlace, una indicación, una confirmación. Paso a paso.
Finalmente logró completar la inscripción. Aprovechamos también para realizar una validación pendiente y pudo colaborar con la cooperadora.
Antes de irse me agradeció.
Y me quedé pensando en algo que muchas veces parece evidente, pero no siempre lo es: tener información disponible no significa necesariamente haber comunicado.
Un enlace puede existir y no resultar claro.
Una indicación puede estar escrita y, aun así, dejar a alguien sin saber cómo continuar.
Un procedimiento puede funcionar técnicamente y seguir siendo difícil de recorrer.
Comunicar también implica preguntarnos si ese camino puede ser transitado por quien está del otro lado.
A veces alcanza con una explicación. Otras, con señalar dónde continuar. En ocasiones hace falta permanecer unos minutos más, traducir una consigna, ordenar una secuencia o acompañar hasta que el recorrido se vuelva comprensible.
Eso también es comunicar: habilitar caminos.
Horas después, mientras regresaba a casa, ocurrió algo que terminó de darle sentido a aquella escena.
Primero descubrí un mural que llamó mi atención. Continué caminando y, unos metros más adelante, apareció una calandria.
Estaba tranquila. Se dejó admirar.
Luego retomé mi camino y, al llegar a la esquina, volvió a aparecer. Había recorrido cerca de sesenta metros y allí estaba otra vez, muy cerca, bebiendo agua mientras yo esperaba para cruzar la calle.
Me miraba. Revoloteaba alrededor. Permanecia tranquila sin apuro. Durante unos minutos compartimos el mismo tiempo.
Después dio dos vueltas en el aire, formando casi un pequeño remolino, y se fue.
Seguí caminando con la sensación de haber recibido un saludo.
Quizás porque aquella calandria apareció después de una jornada atravesada por preguntas sobre cómo llega un mensaje, cómo se encuentra una dirección, cuánto tiempo necesita alguien para comprender y qué significa verdaderamente acompañar.
Y entonces pensé que comunicar también se parece un poco a aquello.
Acercarse. Permanecer. Dar tiempo.
Estar lo suficientemente cerca para orientar y lo suficientemente lejos para permitir que el otro continúe por sí mismo.
La joven siguió su camino con su inscripción realizada.
La calandria siguió el suyo después de beber agua.
Yo continué hacia casa.
Tres recorridos distintos y una misma certeza: Hay comunicaciones que transmiten información.
Hay otras que habilitan caminos.
Y quizá sean estas últimas las que verdaderamente nos permiten encontrarnos.
Viviana Vélez ©
