Hay imágenes sencillas que dicen mucho de una comunidad. Una escultura.
Un gallo en pie. Erguido. Fiel a su canto.
Comprometido con el día que comienza.
Hay algo en él que me recuerda al moronense.
Apasionado por su identidad. Cercano a su memoria. Capaz de sostenerse aun en tiempos difíciles. Solidario, empático, sencillo. De esos que saben que la vida colectiva se construye con presencia, trabajo, compromiso y respeto.
Morón tiene una historia hecha de personas.
De quienes estuvieron antes, caminaron sus calles, levantaron instituciones, enseñaron, cuidaron, gestionaron, trabajaron, acompañaron, discutieron ideas y dejaron experiencia.
Esa historia merece memoria y también merece respeto.
Por eso, en tiempos donde tantas veces aparecen el individualismo, la competencia, la necesidad de ocupar el centro de la escena o de imponerse sobre el otro, quizás convenga recordar algo esencial: ninguna comunidad se construye desde el ego. Se construye reconociendo al otro.
Escuchándolo.
Respetándolo.
Valorando las trayectorias.
Honrando especialmente a quienes nos anteceden con años de experiencia, sabiduría y humanidad.
Porque detrás de cada nombre, cada función, cada institución, cada diferencia y cada decisión hay una persona.
Una persona con historia.
Con vínculos, derechos y dignidad.
Los ciudadanos no somos piezas de una disputa, ni números, pertenencias u objetos de competencia.
Somos sujetos de derecho.
Y esta idea debería atravesar especialmente toda decisión vinculada con lo público.
La política, cuando verdaderamente está al servicio de una comunidad, exige mirar más allá de uno mismo.
Implica escuchar también a quien piensa distinto. Cuidar los vínculos. Reconocer trayectorias y saberes.
Tender puentes.
Comprender que ninguna victoria individual puede valer más que la convivencia de una comunidad.
Las instituciones tampoco comienzan de cero cada vez que cambia una gestión, una conducción o una circunstancia.
Tienen memoria, personas que las sostuvieron, aprendizajes acumulados.
Tienen voces que merecen ser escuchadas.
Honrar esa memoria no significa, permanecer detenidos en el pasado.
Significa saber de dónde venimos para decidir con mayor responsabilidad hacia dónde queremos ir.
Quizás aquel gallo que encontré un día en Morón tenga algo para decirnos.
Cada mañana canta. No necesita competir con el amanecer ni al sol para anunciar que comienza un nuevo día.
Simplemente ocupa su lugar y hace escuchar su voz.
Tal vez allí haya una pequeña enseñanza: alzar la voz sin silenciar otras voces, sostener la identidad sin perder la memoria, abrir caminos sin desplazar a nadie y comprender que una comunidad crece cuando cada persona puede ser reconocida en su dignidad.
Porque Morón se construye desde una trama colectiva que excede funciones, gestiones y circunstancias.
Morón somos quienes lo habitamos, lo construyeron y quienes todavía soñamos con hacerlo más humano.
Y honrar esa historia, cuidar a su gente y reconocer al otro también es una forma de construir futuro.
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