Hay imágenes que primero entran por los ojos y después se quedan pensando con nosotros.
En el parque de Victoria, Entre Rios frente al río Paraná, me detuvo la belleza de un mural. Pero hubo una frase que permaneció resonando: “Si tocan al río, te tocan a vos.”
Alrededor, árboles antiquísimos elevan sus ramas hacia el cielo. Entre ellas, numerosos nidos hacen visible otra dimensión del territorio: allí también se abriga, se nace, se espera, se regresa. El paisaje entero parece recordar que cada forma de vida está enlazada con otra.
Entonces la frase del mural adquiere todavía más sentido.
El río ¿es solamente una postal para quien llega de visita? Es agua, biodiversidad, memoria, alimento, refugio, identidad y continuidad. Los árboles tampoco son simplemente sombra; albergan vidas que muchas veces pasan inadvertidas para una mirada apurada.
Visitar un lugar también supone aprender a habitarlo, aunque sea por unas horas. Caminar con respeto, cuidar sus espacios, preservar su flora y su fauna, disponer responsablemente los residuos y comprender que aquello que admiramos también necesita de nuestra conciencia.
Quizás allí resida la fuerza de ese mural: logra transformar una contemplación en una pregunta.
¿Cómo nos relacionamos con aquello que venimos a disfrutar?
Porque tocar el río es tocar todo lo que depende de él.
Y cuidar el río, los árboles, los nidos y las especies que los habitan es también cuidar nuestra propia posibilidad de seguir encontrándonos con esa belleza.
El paisaje que visitamos también nos recibe.
Y todo lugar que nos recibe merece que sepamos cuidarlo.



