Hay escenas que parecen guardar más de un tiempo a la vez.
Una pared antigua, piedras gastadas, raíces que buscan sostén y flores que aparecen allí donde casi nadie esperaría encontrarlas.
Me detuvo justamente ese contraste: la dureza de la piedra frente a la delicadeza de una flor. Lo que permanece y lo que apenas dura una estación. La memoria y el presente compartiendo un mismo espacio.
Entonces pensé que quizá las ruinas también pueden ser abrigo. Que aquello que conserva las marcas del tiempo puede ofrecer sostén para algo nuevo.
Las raíces encuentran resquicios. La luz alcanza las hojas y las flores vuelven a abrirse.
Y entre todo aquello que fue y lo que todavía está naciendo, aparece una certeza sencilla:
Entre la dureza de la piedra y la delicadeza de una flor, la memoria aprende a florecer.
© Viviana Vélez


