Hay personas que engrandecen la función que ocupan por la nobleza con que la ejercen.
En los espacios educativos, donde confluyen responsabilidades, trayectorias y territorios diversos, el modo de recibir, escuchar y acompañar también construye institución. Presentarse con respeto, cuidar las formas y los tonos, preservar aquello que cada persona comparte, reconocer su recorrido y ofrecer una palabra atenta son gestos que parecen pequeños, pero sostienen algo enorme: la dignidad del otro.
Quienes llegan desde distintas regiones traen consigo experiencias, desafíos, comunidades, escuelas y realidades que merecen ser escuchadas. Reconocerlas es también reconocer el compromiso de quienes trabajan cada día por una educación de calidad, situada y comunitaria.
La escuela la hacemos entre todos: docentes y estudiantes, equipos directivos, inspectores, familias y comunidades, cada cual desde su rol y su responsabilidad. Pero hay algo que atraviesa cada función y puede transformarla profundamente: la nobleza.
Porque la nobleza también educa.
Se expresa en la escucha que hace lugar, en la palabra que cuida, en el agradecimiento sincero, en el respeto que reconoce al otro como alguien valioso.
Y en los espacios donde se ejerce autoridad, esta dimensión adquiere todavía mayor relevancia: la nobleza no debilita la autoridad; la legitima. Ser firme y respetuoso, asumir responsabilidades y conservar sensibilidad, sostener criterios y cuidar las formas son expresiones de una autoridad que se vuelve más humana y, precisamente por ello, más verdadera.
Tal vez una de las mayores fortalezas de la educación sea justamente esa: personas que, además de cumplir una función, eligen ejercerla con humanidad.
Viviana Vélez ©
