Mostrando entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas

lunes, abril 21

Urra, la paloma sabia

En una estación de servicio del conurbano, donde el asfalto arde y el combustible no descansa, algo insólito empezaba a suceder cuando el cielo se despejaba.

Primero, una. Después, otra. Y otra más. Hasta que fueron nueve.

Ocho palomas grises, con pecheras rosa fucsia que brillaban como si llevaran joyas. Y una blanca. Solo una. De plumaje limpio como tiza nueva. Ella no era la más grande, ni la más rápida, pero todos sabían: ella iniciaba el juego.

Saltaban desde el piso caliente, remontaban vuelo, planeaban en círculos y caían, una por una, en los techos de la estación. No en cualquier parte. No al azar. Se alineaban. Y cada vez que el orden era alterado, la blanca se movía.

Siempre al centro. Siempre la novena. Si una se distraía, si otra se adelantaba, la blanca corregía. No con gritos ni picotazos. Con presencia. Con persistencia. Era ella quien daba la señal: un giro del ala, un sacudón de plumas, y todas volvían a despegar. El juego se repetía. De techo a techo. De cartel a surtidor. Hasta aterrizar, sincronizadas, en un grueso cable de teléfono que colgaba como cuerda floja entre postes dormidos.

Y ahí, como si jugaran al viejo juego de la silla, se acomodaban. Pero sólo cuando la blanca quedaba en el centro, el vuelo se detenía. 

La gente miraba. Se detenía. Fotografiaba. Algo había en ese ritual que no se podía ignorar. Una mujer murmuró: “parecen contar...” Un niño dijo: “¡son nueve!” Un señor afirmó: “la blanca los ordena.”

Y así, día tras día, como si supiera de ritmos, de posiciones y de tiempo, la paloma blanca marcaba un mensaje que nadie terminaba de entender, pero todos sentían. Tal vez enseñaba que todo grupo necesita un centro. Que sin armonía no hay vuelo. O tal vez solo jugaba. Jugaba con la gravedad, con las miradas, con los números invisibles del aire.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados













Caricias naturales


No fue un impulso. Fue algo más profundo. Una necesidad silenciosa que me llevó a caminar hacia la esquina de la vereda, en mi casa de campo. No sabía bien qué buscaba, pero mis pasos sabían a dónde ir.

Allí estaba él. El espinillo. Firme, silencioso, con su verde amable extendido como una invitación. Me detuve justo debajo de su copa y levanté la mirada. Las ramas se abrían como brazos, y el sol, al colarse entre ellas, dibujaba estelas doradas que caían como caricias. Me dejé abrazar por esa luz tamizada, por ese susurro vegetal que parecía decirme que estaba bien detenerme, respirar, mirar.

Mientras contemplaba lo fascinante de su copa, comencé a escuchar el canto de pequeños pajaritos. Sonaban cerca, como si conversaran entre ellos… o quizás conmigo. Una brisa cálida empezó a rodearme, suave, envolvente. Era como si todo el paisaje hubiese acordado en silencio regalarme ese instante.

No pensé en nada más. Solo sentí. La sombra fresca, la tierra bajo mis pies, el perfume tenue que traía el viento, la música viva del árbol.

Allí, debajo del espinillo, sentí que todo estaba en su lugar. Y yo también.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados







sábado, noviembre 27

Paz al alma

 La serenidad que traen las palabras,
cuando salen inspiradas del alma,
encuentran razones que generan paz
sin enojos, sin equivocaciones, sin prejuicios,
sin culpas, ni rencores.
Tan sólo palabras que inspiran confianza,
enlazadas con verdades, enlazadas con el alma.
Como existen juegos, que tienen sus reglas,
así es el amor, que poco a poco,
establece sus prioridades, anhelos, tiempos.
Milagros hechos palabras
atraviesan almas.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados



sábado, abril 24

El vuelo del alma



Como estrellas brillan intensamente,

los colores irradian vitalidad,

las sonrisas endulzan almas,

y renuevan de gozo y paz.

Es un leve soplo la vida, déjala volar...

levanta tus alas bien alto,

y emprende tu mejor vuelo, más allá,

de lo pensado; observa tu meta, tu sueño, tu ideal.

¡No te detengas! ni por dudas, ni temor.

Todo aquello que es valioso, requiere esmero.

¡Esfuérzate! y sostiene que nada es imposible.

Cuando  te decides, emprendes, lo haces  real.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados