miércoles, abril 30

Gacela en la Isla Sinconocimiento

Prólogo

No todas las islas están rodeadas de agua.
Algunas flotan en la memoria, otras en el olvido.
Hay islas que nadie nombra, pero muchos han visitado sin saberlo.

Allí, donde las palabras pierden sentido,
donde los sueños se encorvan y se guardan en cajitas selladas,
hay quienes resisten.

Y a veces, muy de vez en cuando,
alguien distinto llega flotando,
como si entendiera el lenguaje del silencio,
como si trajera la misión de recordar
lo que otros prefirieron enterrar.

Esta es la historia de una presencia suave y decidida.
De una gacela que no corre, sino que flota.
Y que, sin quererlo, deja una estela encendida.

Viviana

Gacela desde el Lago Entendimiento

No todas las islas están rodeadas de agua. Algunas, como la que habité un tiempo, flotan en medio de la indiferencia, el control y los juegos del poder. A esa tierra le llamaban la Isla Sinconocimiento.

Allí llegué una mañana brillante, con el corazón repleto de amor, las patas ligeras de entusiasmo y la certeza de que el aprendizaje se multiplica cuando se comparte. No sabía entonces que aquel viaje no sería para enseñar ni para aprender, sino para recordar quién soy.

Este es el relato de mi paso por esa isla.
No lo cuento para que me crean, sino para que, si alguna vez pisan una tierra parecida, recuerden que el brillo del alma no se apaga.
Ni siquiera cuando intentan cubrirlo con sombras.


 La llegada

No sé quién me nombró por primera vez “Gacela”, pero cuando llegué a la isla sentí que ese nombre me habitaba: ligera, curiosa, siempre atenta a lo bello y a lo justo.

La Isla Sinconocimiento me recibió con un aroma extraño, entre dulce y denso, como si el aire estuviera lleno de promesas… y advertencias. El paisaje era encantador: suaves colinas, piedras antiguas, árboles de hojas plateadas, y un cielo que parecía contener secretos.


Allí vivían varios animales, cada cual con su lugar y su rutina. Se saludaban con gestos amables, compartían el alimento y a veces reían juntas. Pero no tardé en notar algo… Una cierta lentitud impuesta, como si el tiempo se deslizara a voluntad de dos figuras que todo lo miraban desde las sombras de una piedra alta.

Eran zorras. Una mayor, de pelaje deslucido y ojos astutos, y otra más joven, ágil, de mirada cortante y risa controladora. Ambas se creían brillantes y necesarias. Organizaban las tareas de cada una, repartían encargos como quien lanza migas al viento, midiendo tiempos, palabras y silencios.


A las otras las mantenían ocupadas, distraídas, convencidas de que todo lo que hacían era indispensable, pero sin espacio para soñar.

Yo, recién llegada, me mostré dispuesta a colaborar. Me gustaba ayudar, aprender, sumar. Las tareas me fluían con naturalidad: desde las más simples hasta las más complejas. 
Cuando una de las zorras —la anciana— me pidió algo que le resultaba imposible por su desconocimiento de nuevas estrategias sobre laberintos para descubrir caminos; lo tomé como un regalo. Pasé días concentrada, con alegría, haciendo que cada detalle brillara. Quería que ese trabajo ayudara a todas.

Y lo logré. El resultado fue más que bueno. La zorra quedó perpleja. “¿Cómo puede ser?”, murmuró. “¿Tan rápido? ¿Tan bien hecho?” Vi en sus ojos un temor sutil, como si mi forma de actuar fuera un espejo en el que no quería mirarse.

Y así empezó lo que entonces no comprendí del todo, pero que ahora, desde este lago, sé nombrar: la sombra que se despierta en quienes temen la luz ajena.


 Las estrategias del silencio

Al principio, creí que mi entrega había sido bien recibida. Me sonrieron, me agradecieron con palabras suaves, incluso una de ellas —la zorra más joven— me ofreció una fruta fresca, como si celebrara mi dedicación.

Pero al día siguiente, algo cambió.

Comenzaron a asignarme más tareas. Muchas más. Algunas sin sentido, otras repetitivas. “Queremos ver de cuánta destreza sos capaz”, decían con un tono amable que escondía una sutil burla. Yo aceptaba sin resistirme. No por ingenuidad, sino por fidelidad a lo que creo: todo lo que hago, lo hago con el corazón.

—La gacela necesita más ocupación —dijo una de ellas, fingiendo preocupación—. Si se aburre, puede volverse… inquieta.

—O peligrosa —susurró la otra, mientras se relamía con las migas de una torta dulce—. No olvides que el brillo asusta.

Les causaba gracia verme hacer, correr, resolver. Me observaban desde su piedra alta, sentadas como guardianas de un orden que solo a ellas beneficiaba.

Pero no podían entender lo que me movía: no era la necesidad de sobresalir, ni la búsqueda de aprobación. Era algo más profundo, algo que no se puede imitar. Yo simplemente era… yo.

Aún así, quisieron frenarme. Les pidieron a las demás que no me hablaran, que no me pidieran ayuda. El silencio se volvió una sombra espesa. Pero no lograron apagarme. Porque no vine a competir. Vine a construir.

Una tarde, cuando regresé de entregar un nuevo trabajo impecable —y de paso dejarles un budín de naranja recién horneado, lleno de ternura— las escuché desde lejos, creyendo que nadie las oía:

—Hay que frenarla. No podemos permitir que su luz opaque la nuestra.

—Nadie puede brillar más que nosotras. Somos las únicas imprescindibles.

Esa noche me llamaron con dulzura. Me abrazaron como a una vieja amiga.

—Vendrán lobos —me advirtieron—. Son salvajes, traicioneros… Te queremos mucho, por eso te pedimos que regreses a tu lago. Allí vas a estar segura.

Sus ojos no reflejaban miedo. Reflejaban otra cosa: cálculo. Despedida.


Les sonreí con ternura. No sentí rencor. Solo entendí. Me incliné, las saludé con respeto y dejé una frase al partir:

“Como eres, así es tu corazón.”

Y salí de allí. Como no camino, no corro… comencé a deslizarme en el camino. Mi cuerpo apenas rozaba el suelo: porque soy brisa, soy sombra que danza entre la luz.
Cada uno de mis pasos es un salto contenido, un suspiro alado.
Dicen que las gacelas no vuelan, pero yo... yo me elevo sin alas.
Mi andar es un vuelo bajo, casi secreto.
No hay huella que me retenga, ni tierra que me pese.
El mundo pasa debajo de mí como un paisaje que gira lento.
Y yo, liviana, blanca, eterna, sigo la música que me guía sin que nadie la escuche.
Y volé… porque Volar es esto: confiar en el impulso, en la dirección del deseo,
en que el aire sabe sostener lo que no se deja caer.
Volé sobre la Isla Sinconocimiento, de regreso al Lago Entendimiento. Donde no hay que brillar para ser vista, ni esconder la luz para ser aceptada.

Desde el Lago Entendimiento

Ahora, desde la calma de mi lago, contemplo lo vivido sin dolor. La distancia me ha regalado claridad. Comprendí que no hay que temer a quien sabe más, ni a quien actúa con mayor destreza. El verdadero desafío no está en competir, sino en animarse a aprender juntas.

Porque el conocimiento no se gasta al compartirse. Al contrario, se multiplica. El brillo de una no apaga el de las otras, si la luz nace del deseo genuino de crecer.

Allí, en aquella isla, las zorras confundieron poder con control. Se alimentaban de la inseguridad ajena, de la obediencia disfrazada, del sometimiento cubierto con flores. Creyeron que limitarme era resguardarse. Que aislarme era proteger su sitio.

Pero el poder manipulador es efímero, como el humo que se disuelve en el aire.

La sabiduría, en cambio, crece en el tiempo. Se cultiva en el vínculo, en la verdad, en la humildad de quien escucha y también se deja enseñar.

La justicia, a su modo, siempre llega. Lenta, firme, silenciosa a veces… pero llega. Y cuando lo hace, reafirma lo necesario, premia lo auténtico, cosecha los frutos sembrados con convicción.

Yo sigo mi viaje. No me detengo. Porque quien vive desde el corazón nunca camina en soledad. Siempre hay almas que vibran igual. Y cada paso, aún en territorio hostil, es parte del camino hacia la sabiduría.

Como eres, así es tu corazón.

Y ese, ese es el sendero más brillante que existe. Se abrió solo, como si me esperara.
Los árboles susurraban nombres que alguna vez habitaron la isla.
Las palabras perdidas, los sueños callados, las preguntas que nadie se animó a pronunciar... todas flotaban ahora en el aire como luciérnagas alzando vuelo.

No miré atrás. No hacía falta.
Lo vivido ya estaba tejido en la memoria de quienes lo habían sentido.
Y aunque nadie lo notara, la isla respiraba distinto.
Había más luz. Más silencio, del que acompaña, no del que oculta.

Seguí caminando.
Mi andar, liviano.
Mis pensamientos, sueltos.

Y mientras el horizonte me envolvía, entendí que mi historia no terminaba.
Porque donde alguien recuerde, imagine o se atreva a buscar lo olvidado…
ahí estaré otra vez.

Volando sin alas.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados



martes, abril 22

En la EPN°21 Morón

Hoy estuve en la Escuela Primaria N°21  de Morón junto a la Secretaria Patricia, la Bibliotecaria Teresa y Bibiana integrante del EOE. Conversamos sobre la importancia de la literatura de autoria zonal y próximamente la 1era Jornada de Bibliotecas Escolares Abiertas se viene...Allí estaré con mis cuentos compartiendo a los niños, niñas, familias y docentes. Lecturas para Descubrir.

lunes, abril 21

Urra, la paloma sabia

En una estación de servicio del conurbano, donde el asfalto arde y el combustible no descansa, algo insólito empezaba a suceder cuando el cielo se despejaba.

Primero, una. Después, otra. Y otra más. Hasta que fueron nueve.

Ocho palomas grises, con pecheras rosa fucsia que brillaban como si llevaran joyas. Y una blanca. Solo una. De plumaje limpio como tiza nueva. Ella no era la más grande, ni la más rápida, pero todos sabían: ella iniciaba el juego.

Saltaban desde el piso caliente, remontaban vuelo, planeaban en círculos y caían, una por una, en los techos de la estación. No en cualquier parte. No al azar. Se alineaban. Y cada vez que el orden era alterado, la blanca se movía.

Siempre al centro. Siempre la novena. Si una se distraía, si otra se adelantaba, la blanca corregía. No con gritos ni picotazos. Con presencia. Con persistencia. Era ella quien daba la señal: un giro del ala, un sacudón de plumas, y todas volvían a despegar. El juego se repetía. De techo a techo. De cartel a surtidor. Hasta aterrizar, sincronizadas, en un grueso cable de teléfono que colgaba como cuerda floja entre postes dormidos.

Y ahí, como si jugaran al viejo juego de la silla, se acomodaban. Pero sólo cuando la blanca quedaba en el centro, el vuelo se detenía. 

La gente miraba. Se detenía. Fotografiaba. Algo había en ese ritual que no se podía ignorar. Una mujer murmuró: “parecen contar...” Un niño dijo: “¡son nueve!” Un señor afirmó: “la blanca los ordena.”

Y así, día tras día, como si supiera de ritmos, de posiciones y de tiempo, la paloma blanca marcaba un mensaje que nadie terminaba de entender, pero todos sentían. Tal vez enseñaba que todo grupo necesita un centro. Que sin armonía no hay vuelo. O tal vez solo jugaba. Jugaba con la gravedad, con las miradas, con los números invisibles del aire.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados













Caricias naturales


No fue un impulso. Fue algo más profundo. Una necesidad silenciosa que me llevó a caminar hacia la esquina de la vereda, en mi casa de campo. No sabía bien qué buscaba, pero mis pasos sabían a dónde ir.

Allí estaba él. El espinillo. Firme, silencioso, con su verde amable extendido como una invitación. Me detuve justo debajo de su copa y levanté la mirada. Las ramas se abrían como brazos, y el sol, al colarse entre ellas, dibujaba estelas doradas que caían como caricias. Me dejé abrazar por esa luz tamizada, por ese susurro vegetal que parecía decirme que estaba bien detenerme, respirar, mirar.

Mientras contemplaba lo fascinante de su copa, comencé a escuchar el canto de pequeños pajaritos. Sonaban cerca, como si conversaran entre ellos… o quizás conmigo. Una brisa cálida empezó a rodearme, suave, envolvente. Era como si todo el paisaje hubiese acordado en silencio regalarme ese instante.

No pensé en nada más. Solo sentí. La sombra fresca, la tierra bajo mis pies, el perfume tenue que traía el viento, la música viva del árbol.

Allí, debajo del espinillo, sentí que todo estaba en su lugar. Y yo también.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados







Hilos de cielo



A veces, el cielo se vuelve lienzo.
Y traza, con hilos blancos, caminos invisibles.
No son simples nubes…
Son susurros del universo,
mensajes que bajan sin hacer ruido
y nos acarician el alma sin que lo sepamos.

Dicen que cuando aparecen esas líneas delgadas,
alguien —muy lejos o muy cerca— te está pensando.
Que los hilos del cielo atan lo que el corazón no puede soltar.
O marcan la ruta cuando todo parece perdido.

Hay quienes las llaman estelas.
Otros, señales.
Para mí, son puentes.
Puentes de aire que nos recuerdan que todo cambia,
pero nada se pierde.

Si ves una, detenete.
Respirá.
Y preguntate qué te quiere decir el cielo hoy.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados